martes, 26 de febrero de 2013

016 - "Amenaza"

A excepción de algunas peleas bastante tontas, la convivencia con mi flaco va a pedir de boca. Ya hace casi tres meses que vivimos juntos y cada día nos amamos más.
Hace unas tres semanas, me trasladaron y dejé de ser supervisora en el centro de contacto de “Prisma Enterprises”, para pasar a ser gerente zonal. El sueldo se me duplicó y tengo a mi cargo toda la zona norte del negocio. Aunque nos vemos menos, esto de extrañarnos, nos hace bien. Sebastián está contento con el ascenso que me dieron y me jura que no tuvo nada que ver con eso. Le creo, el flaco no me miente, al menos, nunca le descubrí una mentira hacia mí. Solamente aquella que le dijo al inspector Borrelli, pero esa no fue para mí, sino para la policía. Hablando de eso, el caso de Pérez sigue en ascuas, nadie vio nada y yo no recordé tampoco. Ojala que no encuentren nunca a la mujer que lo ajustició, ese gordo de mierda, no merece justicia.

El tiempo sigue pasando y mañana, me toca hacer un viaje a Mendoza. Es la reunión semestral de los gerentes zonales y me voy todo el fin de semana.
El flaco no viaja, esta vez no es su turno, pero se lo ve feliz. Cuando llegué a casa, estaban todos esperándome: mamá, Darío, Valentina, Marcos y mi amor. La vieja me cocinó como si fuera de safari a África y nos sentamos a la mesa. Charlamos de Mendoza. Todos conocen la provincia, menos yo. Aunque mamá y Darío me cuentan que viajamos cuando era una beba. Resulta que antes de irse, mi viejo nos llevó de vacaciones a todos. Fuimos a San Rafael y pasamos quince días hermosos. Mi hermano se acuerda bastante, ese viaje es lo más lindo que tiene de papá, según dice. La conversación se torna incómoda y Valentina refresca todo, contando que la última vez que fue, estuvo en Las Leñas y que se perdió por esquiar sin guía. La encontraron en una bajada, muerta de frío y casi se muere del todo.
Mientras la escucho, pienso en que es una lanzada, pero no tiene miedos, es temeraria y yo le agradezco a Dios por tenerla en mi vida.
Miro disimuladamente y me doy cuenta que Marcos la observa, embobado. Sebastián me agarra la mano por debajo de la mesa y sonríe.

Nos quedamos solos y me voy a bañar. Estoy cansada, agotada, el ritmo de trabajo en la gerencia es mucho más ágil y las responsabilidades se multiplicaron por mil. Sebas entra a bañarse después que yo salgo y cuando termina, me habla desde el baño

- Marcos hace mal, tendría que decirle a Valentina lo que siente
- Pienso igual, pero no me hace caso.
- ¿Por?
- Valentina no siente lo mismo y prefiere tenerla de amiga a perderla por hablarle de su amor
- ¿Quién dice que ella no siente lo mismo?
- Él y a mí me parece que tiene razón

Se asoma por la puerta del baño, me mira y sonríe

- Están equivocados, Valentina se muere por Marcos
- ¿De dónde sacás eso?
- De lo que veo y escucho
- ¿Me explicás?
- Con gusto…

Mientras habla, me mira y se acerca a la cama

- Cuando cuenta las cosas, está pendiente de cómo reacciona él. A medida que habla, se fija en los gestos de Marcos y según eso, dice o deja de decir algo. Busca su aprobación continuamente y filtra cada palabra que le sale de la boca.
- No me había dado cuenta
- ¿Con vos tiene algún cuidado?
- No. Dice lo que quiere y como le sale
- Bueno, con Marcos va con pies de plomo
- ¿Seguro?
- Tan seguro como de que te amo.
- ¿Tanto así?
- Ajá…

Se me tira encima y como tiene solamente la toalla en la cintura, siento que su soldado quiere guerra y aunque estoy cansada, me dan ganas.
Hacemos el amor como un par de salvajes, nos damos otro baño y a dormir.

El despertador suena a las cuatro de la mañana. El avión a Mendoza sale a las ocho, pero tengo que llegar al aeropuerto una hora antes para juntarme con los demás gerentes zonales.
Mientras Sebas prepara unos mates, reviso la valija y mis documentos. Todo en orden.
Voy a la cocina, beso a mi flaco y entre esos besos, nos damos una despedida rápidita, pero bien complaciente. Pienso que no se cómo voy a hacer para aguantarme las ganas de estar con él, pero lo bueno va a ser el reencuentro. Desde hace casi un año que tengo sexo y del mejor, todos los días, al menos una vez y mi cuerpo se acostumbró.

Salimos para el Jorge Newbery, desde donde salen los vuelos de cabotaje y llegamos a las seis y media pasadas. Hago todo lo que se necesita y nos quedamos esperando a que lleguen los demás.
Cuando aparecen, me saludan y a mi flaco. Sebastián es el gerente general y el jefe de todos, incluyéndome.
Se nota que lo aprecian y es que el flaco es divino y buena gente, imposible que no lo quieran. Un ratito antes de subir al avión, nos alejamos un poco del grupo

- Vero, cuídate, mi amor, te voy a extrañar
- Yo voy a estar en Mendoza, pensando en mi Mendoza. Me vas a hacer falta, flaco
- Quisiera ir, ¿querés que vaya?
- Me encantaría que vengas
- No puedo, me toca quedarme y hacer la convivencia de los supervisores nuevos.
- Ya se, mi amor, sólo te digo que sería lindo que estés.
- Ya nos vamos a ir a nuestras primeras vacaciones juntos, flaquita
- No veo la hora de irme con vos y tenerte para mí todo el día, a toda hora
- Te amo, Vero, pórtate bien
- Lo mismo digo, señorito

Sebastián me besa intensamente y yo me derrito en sus brazos. No es un beso sexual, es un beso de amor, de un profundo e intenso amor, ese que une a dos personas más allá de lo físico.

- Te amo, Sebas, nos vemos el lunes.
- Confirmame la hora y te vengo a buscar
- Me llevan a casa
- No, te vengo a buscar yo
- Dale, precioso, te amo, te amo, te amo…
- No más de lo que te amo yo, muñeca.

Me vienen a buscar, así que lo beso por última vez y me voy.

El avión es colosal y estamos en primera clase. Una hora más tarde, aterrizamos en Mendoza y cuando salimos de la manga, nos mezclamos con los demás pasajeros. Alguien me toca el brazo y cuando veo quién es, se me hiela la sangre.

- No te vas a salvar de mí, perra, lo que me hiciste, no queda en la nada…

Me sonríe con mucha malicia y se va. ¿Me está siguiendo?

Lucrecia, la gerente zonal del sur, me alcanza.

- ¿Qué te pasa, Vero? Parece que viste un fantasma





viernes, 22 de febrero de 2013

015 - "Cambios"

Borrelli me mira, no está enojado y me da la sensación que comprende mi malestar.

- Tengo una hija de tu edad, creéme que entiendo, Verónica, y lo que pueda pensar yo de quien mató a esa rata, no importa. Lo único que hago es averiguar, es mi trabajo, mi obligación. Como ser humano, me indigna lo que hizo y como hombre, si dependiera de mí, no movería un pelo por buscar a la responsable de su muerte, pero lo tengo que hacer. Tengo que seguir las pistas y hallar a la culpable.
- Yo no fui.
- Te creo, pero es una línea de investigación y la tengo que seguir.
- ¿Qué necesita que haga?
- Contarme qué pasó ese día.

Miro a Enrique y él me hace un gesto como de tranquilidad. Me siento de nuevo y Sebas también y me agarra la mano.

- Salí de mi casa alrededor de las siete y media, unos quince minutos antes de lo normal, cuando voy caminando. Como ya le dije, tenía intenciones de pasar por el supermercado temprano, para comprar algunas cosas de higiene femenina.
- Seguí.
- Pasé por la esquina de Darragueira, porque por ahí puedo acortar el camino. Cuando llegué a la altura de la casa del gordo, él salió y me dijo uno de sus “piropos” elevaditos de tono
- ¿Qué te dijo?
- ¿Hace falta que lo repita?
- Por favor. Se que es desagradable, pero cuanto más exactos sean los hechos, más rápido te vas a liberar de esto.
- Dijo que me quería romper el culo, Borrelli, ¿es suficientemente exacto?
- Si. ¿Y qué hiciste?

En ese momento, me doy cuenta que fue ahí que Luis Pérez me había tocado un pecho y agarrado del brazo, pero no lo voy a decir.

- Le dije que se fuera a hacer una paja y lo mandé a la mierda. Seguí mi camino, llegué al súper y cuando iba por el estacionamiento, el taco se me rompió y me caí. Un rato después, Sebastián me encontró desmayada y me llevó a mi casa.
- Eso no me lo habías dicho
- No pensé que fuera importante, al fin que estaba inconsciente.
- ¿A qué hora la encontró? - Le pregunta a Sebas
- Alrededor de las ocho y media - Miente mi novio
- Si ella estaba inconsciente, como dicen, ¿cómo fue que la encontró?
- Casualidad. En general vamos a trabajar juntos, en mi auto. Esa mañana, tenía una reunión, así que salí antes y cuando iba en camino, me llamaron para avisarme que la pasaban para la mañana siguiente. Llamé a Vero para decirle que me espere, que la iba a buscar y como ella no respondía, me dio mala espina. Insistí un rato largo y nada. Como ella me había dicho que iba a pasar por el mercado, fui con el auto. Me estacioné, volví a llamar y escuché el celular de mi novia. La encontré tirada.
- ¿Algo más?
- No, eso fue todo. La llevé a casa y me quedé con ella hasta que el médico la revisó. Después me fui a trabajar y mi suegra se quedó con ella.
- ¿Viste algo que pueda tener relevancia? - Dice, volviendo a mí
- No se si la tenga o no, pero había un auto negro, muy nuevo, de los alemanes. Esa parte del barrio es bastante pobre, así que el auto me llamó la atención.
- ¿Un Mercedes Benz negro?
- Si
- ¿Segura?
- Si, inspector, ¿por?

Borrelli saca unas fotos de un sobre que tenía y me las muestra

- ¿Era este?
- No me acuerdo de la patente, pero el modelo es el mismo.
- Es el auto del padre de una de las chicas de Entre Ríos.
- ¿Dice que era del padre de una de las víctimas? - Interviene Enrique
- Efectivamente, abogado. Por lo mismo, no es la persona que estamos buscando, pero si comprobamos que ese hombre estaba ahí, va a tener que decir lo que vio
- Ahí tiene su línea de investigación, Borrelli, ya no me busque más, por favor. No quiero estar en medio de todo esto. ¿Me puedo ir de una vez?
- Podés irte. Disculpen las molestias

De ahí, Enrique se fue a su casa y Sebastián y yo, a su departamento. Quería llegar y hablar con él, preguntar por qué mintió, pero no me dio tiempo, apenas subimos al auto, me sacó de la duda.

- Dije la hora a propósito, para que no te esté jodiendo más, amor. Ya bastante fuerte fue saber que ese tipo quería hacerte esas cosas.
- Lo supuse, precioso, no te preocupes. Estaba pensando en que tendríamos que haberle contado de la vez que le pegaste
- Eso fue hace muchos meses, no creo que tenga importancia.
- Tal vez…

Llegamos y pedimos unas empanadas. Cenamos tranquilos y nos fuimos a la cama. Batallamos un par de veces, nos bañamos juntos, hubo una batalla más y nos quedamos dormidos.

Pasaron varios días y por medio del abogado, nos enteramos que habían comprobado que el auto que yo había visto, si era del padre de una de las víctimas y por lo que dijo Enrique, el tipo no vio nada. Lo que declaró fue que estaba vigilando al gordo, porque sospechaba que era el asesino de su hija, pero que nunca pudo comprobarlo. Recuerda haber visto el altercado que tuvo conmigo y que después de nuestra disputa, Luis volvió a entrar a su casa. El hombre dijo que se fue apenas el gordo entró.

La investigación parecía estancada y mi vida, en cambio, iba más que bien encaminada. Para el día en que Sebastián y yo cumplimos nueve meses de novios, nos estábamos mudando a nuestra casa.
Darío, mi mamá, Valentina y Marcos, nos ayudaban. También estaba Facundo Medina, el mejor amigo de mi flaco. Justo cayó sábado, así que empezamos tempranito y para mediodía, ya teníamos casi todo en nuestro nuevo hogar. Mi hermano y Facu fueron a comprar carne y como en la casa teníamos un quincho todo habilitado y equipado, se prepararon un tremendo asado. Almorzamos y a eso de las cinco de la tarde, la cocina y la sala, estaban acomodadas.
La casa tenía tres dormitorios en el piso de arriba y en el más grande, habilitamos nuestro cuarto. Para la llegada de la noche, la cama estaba hecha, el baño limpio y el placard más o menos armado, aunque nada de eso importó mucho que digamos, porque el flaco y yo, estuvimos “estrenando” el sillón de seis cuerpos y la alfombra del living, hasta quedarnos dormidos…

miércoles, 20 de febrero de 2013

014 - "Interrogatorio"

A las seis de la tarde del otro día, Sebastián, su abogado y yo, estábamos en la oficina del comisario, esperando a que llegara Borrelli. El letrado era un hombre joven, muy agradable y con modales más que correctos. Se llamaba Enrique Muñiz y cuando Sebas le había comentado de qué se trataba la cosa, averiguó lo que pudo. De hecho, lo averiguó todo.

Resulta ser que Luis Pérez, además de ser un gordo de mierda, era un tipo muy buscado por las autoridades. Pero eso se supo después que ya había muerto. La cuestión es más o menos así:

A mediados de los años noventa, en un pequeño pueblo del interior de la Provincia de Entre Ríos, hubo seis casos de violación seguida de muerte. Todas las víctimas eran mujeres de entre 18 y 25 años, morenas, de tez blanca y altura promedio. Otra cuestión en común que, era que las seis tenían prominentes curvas: es decir, con senos y unas caderas que se podrían determinar como “estéticamente correctas”. Tras varios meses de investigación, se determinó que el asesino y violador serial, era un hombre de alrededor de 30 años, flaco, alto, de pelo castaño claro y zurdo. En todo el pueblo, como era un lugar pequeño, los pocos hombres que reunían estas características, eran contados con las manos y ninguno tenía el mismo ADN que se había encontrado en las mujeres violadas. Todas tenían semen del agresor. Una tarde, hubo un nuevo ataque, pero prevenida por la ola de crímenes, esta potencial víctima iba preparada y cuando se vio en peligro, roció gas pimienta sobre el rostro de su victimario y lo golpeó, tumbándolo al suelo. Cuando el hombre cayó, se le desprendió el peluquín y fue así que se descubrió que el color de pelo de este reverendo hijo de puta, no era castaño claro, sino cano y el único hombre de 28 años, flaco, alto y zurdo que tenía ese color de cabello, era Eduardo Verri, el hombre que manejaba el correo del pueblo y a quien todos conocían perfectamente.
Por desgracia, Eduardo escapó y nunca se supo nada más de él, hasta ahora, que había sido asesinado, bajo la identidad de Luis Pérez.

El abogado también nos explicó que se descubrió que se trataba de la misma persona por las huellas digitales y los registros dentales del occiso.

Borrelli apareció y nos invitó a una dependencia que estaba junto a la comisaría. Eran unas oficinas adicionales y más agradables, cómodas. Pasamos a una sala, con dos sillones mullidos, mi flaquito y yo nos sentamos en uno y Enrique en el otro. Nos sirvió café y, por fin, se sentó junto a nosotros.

- Me imagino que el caballero es tu novio - Dice, mientras le ofrece la mano a Sebas
- Sebastián Mendoza, inspector, para servirle - Responde mi flaco, blandiendo esa sonrisa hermosa que tiene
- Lo mismo le digo, Mendoza. Supongo que el abogado los puso al tanto
- Si, aunque no entiendo qué puedo aportar yo a la causa - Comento, con cierta soltura - La verdad es que no recuerdo nada que pueda ser útil
- Verónica, si te acordás que ayer te dije que había peligro, ¿no?
- Si
- Bueno, no fue por nada que te lo dije, ni por generalizar que el mundo sea complicado
- No entiendo - Replico

El inspector toma una carpeta y se la ofrece al abogado. Enrique abre y comienza a ojear su contenido, pero a los dos segundos, empieza a mirarme a mí y a la carpeta, una y otra vez. Sus ojos estaban abiertos a más no poder y hasta parecía que estuviera viendo un fantasma.

- ¿Esto qué es, inspector? - Pregunta y parece espantado
- Eso fue encontrado en la casa del occiso, abogado
- ¿Qué es eso? - Interviene mi flaco - ¿Qué hay ahí que ponga en peligro a mi mujer?

Enrique le da la carpeta a Sebastián y la miramos. Los dos nos quedamos helados: eran fotos mías.

- Esto no puede ser - Digo impávida ante lo que ven mis ojos - Acá hay fotos mías, de mi mamá, de mi hermano y  hasta de Valentina y Marcos. Sebastián, también tiene fotos nuestras y no son de paseos por la calle, son íntimas, de cuando estábamos en tu departamento.

El flaco se enloquece y es obvio que Borrelli se da cuenta, porque lo calma enseguida.

- Quédese tranquilo, Mendoza, porque tenía intenciones, pero ahora ya no va a poder lograr su cometido
- ¡Quería que Verónica fuera una más de su lista! - Grita, enojadísimo - ¡Ese hijo de puta la quería violar y matar, como a las otras chicas, las de Entre Ríos.
- Eso pensamos, pero le repito, Verónica ya no corre peligro

De repente, algo me viene a la mente. Ese día, el gordo me tocó una teta, me agarró del brazo y yo lo empujé. Me quedo callada, no se por qué, pero mi instinto me dice que cierre la boca. Al fin y al cabo, bien muerto está el sorete ese y al que lo mató, hay que hacerle un monumento, porque esas lacras no tendrían que vivir y además de salvarme a mí, el asesino, salvó la vida de muchas futuras víctimas.

Borrelli me habla, pero hasta que no me codea mi flaco, no me doy cuenta

- ¿Te sentís bien, mi amor? - Pregunta abrazándome
- Impresionada, sabía que era un imbécil, pero esto es mucho
- Se que si, Verónica - Resopla Borrelli - Pero necesito que te concentres y me digas si viste algo que te llamara la atención
- ¿Y para qué quiere que le diga eso, inspector? - Pregunto
- Hay un asesino que tenemos que encontrar
- Francamente, no recuerdo nada, pero le digo una cosa, Borrelli, si llego a recordar, no voy a decir ni una palabra
- ¿Por qué no? - Me mira inquisitivo
- Porque ese tipo merecía morir. Mató a seis personas, al menos y si lo mataron, lo tenía más que merecido
- No se puede tomar la justicia por mano propia, Verónica - Replica - Para eso hay leyes y autoridades
- Ajá, ajá, las mismas leyes y autoridades que no pudieron agarrarlo cuando mató a la primera, o a la segunda o a ninguna y eso que era un pueblo chico. De haber pasado en Buenos Aires, estaríamos hablando de cuántas, ¿cien mujeres? ¡Por favor! Al asesino, hay que hacerle un monumento y agradecerle, no meterlo preso
- Asesina, fue una mujer…
- ¿Cómo saben? - Pregunta Enrique
- Los forenses lo descubrieron por las características del crimen, la altura de la herida, la fuerza, la trayectoria del puntazo y esas cosas
- ¿Están seguros? - Ahora el que pregunta, es Sebastián
- Si, cien por ciento
- Tal vez alguna otra chica que pudo escapar y quiso evitar un nuevo ataque - Comento sin darle mayor importancia

Borrelli se da cuenta que no pienso colaborar y me da un papel para que lo firme. Ahí dice que me presenté a declarar de manera voluntaria, el día, la fecha y la hora. Enrique lee y permite que lo haga. Agarro la lapicera y estampo mi firma.

- ¿Es todo, Borrelli?
- Si, Verónica, sólo una cosa más, ¿siempre fuiste diestra?
- Ajá
- ¿Hacés algo con la izquierda?
- ¿Algo como qué?
- Escribir, cortar, borrar, pegar, golpear
- No, al menos no de manera consciente, ¿por?
- La asesina era zurda, Vero - Responde Enrique - Y si quiere interrogarla en calidad de sospechosa, inspector, el procedimiento es otro y lo sabe
- ¿Sospechosa, yo? ¡Usted está loco, Borrelli!
- Tengo que investigar, Verónica, es mi trabajo
- Pues, está meando fuera del tarro, porque puedo tener mal carácter, pero no soy ninguna asesina
- Coincidís con la descripción que dan los forenses de cómo sería la asesina
- Si, yo y ¡sabrá Dios a cuántas mujeres pudo haber querido atacar ese loco de mierda!
- Tengo que hacer mi trabajo
- ¡Ojala y lo haga como el culo!
- Pensé que estabas contra la impunidad
- Y lo estoy, pero si la asesina de ese hijo de puta, la libra, será justicia por todas esas chicas que violó y mató
- No te enojes, te repito que hago mi trabajo, nada más
- ¿Y haría su trabajo si una de esas chicas hubiera sido una hermana, hija o parienta suya?


lunes, 18 de febrero de 2013

013 - "Fantasías"

Con su cuerpo pegado al mío, sujetándome con mucha firmeza de la cintura y apoyando su miembro reproductor contra mis nalgas, Sebastián me contó sobre algunas de sus ideas sexys, cachondas, calientes.
La primera gran fantasía que mi novio tenía para cumplir conmigo, era bastante obvia y si, la verdad que no me sorprendió y, de hecho, sospechaba que ese pensamiento le rondaba la cabeza, pero la forma en que me dijo las cosas, cómo se encarnizaba al hablar y la manera que tuvo para hacerme sentir que estábamos ahí, los dos, haciéndolo, fue la cosa más increíble que una persona pudo hacerme sentir con palabras. Cada letra, cada sílaba que Sebas pronunciaba, cómo lo decía, cómo respiraba al momento de contarlo, me fueron llevando. Espero hacerle justicia, pero él me lo dijo más o menos así:

“Mi fantasía, Vero, es muy simple, al menos la que te voy a contar, mi amor. Me imagino que un día cualquiera, en plena jornada de trabajo, entrás a mi oficina y cerrás la puerta con llave sin que yo me de cuenta. Bajás la cortina para que de afuera no se vea y te sentás en mi regazo, besándome mucho y mientras tu lengua batalla con la mía, me metés la mano en el pantalón, me lo agarrás como bien sabés que me gusta y me masturbás. Cuando te das cuenta que estoy por acabar, me soltás y seguís con tu boca lo que antes hacías con la mano. Lo hacés fuerte, con más ganas que yo. No parás hasta que te llenás la boca de mí y cuando eso pasa, te levantás, te abrís la camisa y hacés que mi cabeza, se hunda entre tus pechos. Me obligás a meterte mano y volvés a besarme como desaforada, una y otra vez. Me sometés a tus deseos hasta que se vuelven míos y ahí, cuando ya no puedo aguantar más y se me para otra vez, te subís a mi escritorio, abrís las piernas y me demostrás que estás dispuesta. Me tiro encima tuyo, te toco, te beso, te acaricio y cuando estoy a punto de penetrarte, te das vuelta sola, entregándome tus tesoros traseros. Te lo hago por ahí, pero eso no te alcanza y después querés que vaya por delante. Cumplo con eso y terminamos agitados, exhaustos, fascinados y tirados en el piso alfombrado de la oficina…”

Para el momento en que la historia se había terminado, Sebastián ya me estaba haciendo el amor de nuevo. Como a mitad de la historia, los dos nos habíamos encendido lo suficiente como para que se me pusiera encima y me estuviera dando para que tenga, guarde, mezquine y reparta. Y no le alcanzaba, siempre quería más y me hacía querer más a mí.

No le dije nada en ese momento, pero supe de inmediato cuál iba a ser el día en que su fantasía, se iba a hacer realidad.

Me preguntó por las mías y no sabía cuál contarle. En eso, sonó mi teléfono. No reconocí el número, pero atendí

- ¿Hola?
- ¿Verónica Arteaga?
- Ella habla
- ¿Cómo le va, señorita Arteaga? Disculpe que la moleste, soy el inspector Borrelli, ¿se acuerda de mí?
- Claro, ¿qué necesita? Y no me hable de usted, por favor, que bien podría ser mi papá
- Es cierto, Verónica.
- Así me gusta más. Ahora, ¿qué puedo hacer por usted?
- Necesitaría volver a interrogarte.
- ¿Por?
- Es que por lo que me contaste el otro día, fuiste la última persona en ver vivo a Luis Pérez y aunque no creas, cualquier cosa que hayas visto, puede sernos de ayuda.
- Está bien, ¿dónde y cuándo?
- ¿Mañana podés?
- Si
- Te espero en la comisaría trece, ¿sabés dónde queda?
- Ajá, ahí voy a estar. ¿A qué hora?
- Cuando puedas. Llamame a este número, es el mío y me avisás. Yo te voy a esperar
- ¿Necesito abogado?
- No, vas en calidad de testigo, pero si querés llevar uno, no hay problema.
- Seguramente lo lleve, no entiendo nada de interrogatorios y además, se que no voy a librarme de ir acompañada
- No te entiendo
- Mi novio está diciéndome que va a ir conmigo también
- No hay problema y tranquila, van a ser algunas preguntas, nada más.
- Lo se, no es por mí, es por él - Me río por el gesto de Sebastián - Es algo sobreprotector
-Y hace bien, desgraciadamente el mundo se volvió loco y una mujer tan linda como vos, corre peligro.
- ¿Por qué lo dice?
- Mañana te vas a enterar, Verónica. Espero tu llamada
- Gracias, inspector, hasta mañana
- Hasta mañana

Dejo el celular a un lado y miro al caballero Mendoza, que me me mira con aire de indignación.

- ¿Qué te pasa?
- ¿Te molesta que te cuide?
- No, al contrario, me encanta que me cuides
- ¿Y a qué vino eso de “sobreprotector”?
- Lo sos, pero a mí no me molesta
- ¿Segura? Sonabas un poco incómoda
- Fue puro teatro, para que el policía sepa que mi hombre, está conmigo y me va a cuidar
- Siempre te voy a cuidar
- Sos la primera persona que se preocupa así por mí, además de mamá y Darío, claro
- Y vos sos lo que más amo en el mundo, borrega, ¡obviamente que te voy a cuidar! Sos mi vida, pendeja, te amo.
- ¿Borrega y pendeja? ¡Qué dulce y romántico que sos!
- Por eso me amás, ¿no?
- No, no es por eso que te amo
- ¿No?
- No, te amo porque sos generoso, noble, honesto y la clase de ser humano que pensé que ya no existía, pero más que nada, te amo porque te veo a los ojos y en tu mirada, encuentro el futuro que quiero vivir.
- ¡No podés decirme eso y pretender que no te haga de todo y ya!
- Esperá, Sebas, quiero saber por qué me amás vos
- Porque hacés que salga lo mejor que tengo dentro mío, me provocas para mejorar, para evolucionar, me desafiás a ser mejor hombre cada día y me hacés mejor ser humano. Te miro y veo a los hijos que nunca pensé en tener, pero que ahora, deseo con todo el alma. Sos la imagen de la familia que quiero formar y porque me imagino a esos hijos gritándote: “Mamá, mi hermanito no deja ver tele” y que vos respondés: “Decile a tu padre, yo estoy ocupada” - Me mira y se ríe con ganas - Te amo porque sos lo que más amo en el mundo…
- Eso es redundante
- No, pero amarte, me hace amar que te ame…

Nos reímos los dos y lo beso y si, le cuento que una de mis fantasías es que me deje comer de su cuerpo y él, lo hace…

miércoles, 13 de febrero de 2013

012 - “Sexo”

Llamé a mamá y le conté. Mi hermano escuchó y por poco va a buscar a Pablo y lo destroza. Darío tendrá miles de defectos, pero es tan protector y tan calentón. La vieja lo calma y como sabe que Sebastián le dio un golpe y además lo echó, se queda en el molde. Igual, si se lo llega a cruzar, lo pone. Menos mal que no lo conoce, porque Darío es capaz de dejarlo en terapia intensiva a pura trompada.

Sebastián pide comida y cenamos muy tranquilos. Le cuento lo del policía y las preguntas que me hace, se parecen a las del inspector Borrelli, pero a mi flaco, con unos cuantos besos, le cambio el tema con toda facilidad. El tema con Seba es que unos cuantos besos lo ponen como león y quiere más, quiere todo.

En estos seis meses, me ha hecho de todo, en todos lados y de todas las maneras y no se cansa, siempre quiere más. No pasa un día sin que tengamos sexo. Si por algo no podemos pasar la noche juntos, cosa que no ocurre muy a menudo, siempre se encuentra algún huequito y pasa a darme calor. Me encanta, es dulce y salvaje, suave, rudo, feroz, tranquilo, es todo al mismo tiempo. Me carga y me lleva a la bañera. La llena de agua tibia y le pone todas esas sales que son relajantes. Me mete y empieza a enjabonarme lentamente. Lo miro y le sonrío, me besa y se para.

Se saca la remera y el pantalón. Usa esos calzones que son apretaditos y que marcan el bulto y las cachas y tiene las dos cosas perfectas. Además, el pene está despierto y arriba. Le hago una seña para que se acerque y lo agarro del bóxer, se lo bajo y su coso queda justo a la altura de mi cara. Claro que no pierdo el tiempo y se lo beso, lo acaricio, lo saboreo y lo chupo con todas las ganas del mundo: me fascina hacerle sexo oral y me excita muchísimo. Sebas me agarra la cabeza y me ayuda en el movimiento, disfrutando al máximo. Me dice cosas chanchas y me caliento más.

Quiere acabarme en la boca y esa idea, simplemente, me hace ponerme loca. Sigo chupando hasta saciar su deseo y sin esperar nada, se mete a la bañera conmigo y me besa, metiéndome un dedo en mis profundas oscuridades. Sigue diciendo cosas sucias, se ve que está encendido y que quiere batallar largamente y como eso me gusta y mucho, le contesto al mismo nivel y le agarro el pene de nuevo, frotándolo hasta que se pone duro otra vez y ahí, cuando los dos estamos al límite, me penetra ferozmente. Se mueve de tal manera que el agua cae al piso estrepitosamente y Seba no para, me mata, me puede, me todo…

Quiere darme por atrás y yo también lo deseo, así que salimos del baño y nos vamos a la cama. Me pongo como perrito y él me acaricia para dilatarme, busca una crema, me la pasa y mientras lo hace, toca cada zona erógena que puede. Ya me siente lista, se arrodilla detrás de mí y ¡GUAU! Deliro, tiemblo, no se cómo seguir sosteniendo la posición porque las piernas se me abren y él lo nota, porque me acuesta, me agarra los glúteos, los separa un poco y vuelve al ataque, como fiera enloquecida. Sigue, no para, siento su pene duro introduciéndose dentro de mí y cada vez que lo hace, yo grito de placer, gimo, jadeo, quiero más, quiero que no se detenga nunca

- ¿Te gusta esto, Vero?
- ¿Tenés dudas?
- Quiero que me lo digas
- Me fascina, Seba, no pares
- Pedímelo
- Te lo estoy pidiendo
- Pedime más
- Haceme ver las estrellas, papito, seguí hasta que me llenés, acabáme ahí
- Eso, mi amor, así…

Acelera hasta que termina y siento como su líquido calentito se queda en mi interior. El coso le queda duro un rato más y como sabe que lo disfruto, mantiene el movimiento.
Después nos damos una buena ducha, entre caricias y besos. Él me mira con toda la ternura que tiene dentro y que no se avergüenza en mostrar. Me habla de lo que desea que vivamos juntos, de los sueños que quiere que compartamos y de cómo proyecta su vida conmigo
Yo lo miro y mientras el agua le cae delicadamente sobre esa carita divina que tiene, vuelvo a entender lo mucho que lo amo

- Nunca pensé en amar así, Vero, esto me sorprendió y me sorprende
- A mí también. Yo creí estar enamorada de alguien y, de la nada, mi amor por vos me inunda, haciendo que todo lo demás pierda importancia. Siento que si no estás conmigo, las cosas no tienen relevancia.
- ¿Te dije que te amo, Verito?
- ¡No me digas "Verito"! Y si, siempre me decís que me amás y no me canso de escucharte
- Yo no me canso de decir esas palabras porque son lo más hermoso que me nace
- Y yo te amo a vos, Sebi, te amo de una manera que no puedo ni explicar
- Amor, ¿no querés vivir conmigo del todo? Buscamos una casita, la compramos y empezamos a formar nuestro hogar ahí
- ¿Vivir juntos definitivamente?
- Hasta que seamos viejos y gruñones
- No se, amor, estamos bien así
- Pero podemos estar mejor, ¿no querés?
- Si que quiero, pero me da miedo
- ¿Miedo a qué?
- A que te des cuenta que no soy el amor de tu vida y te pierda
- Vero, sos el amor y la mujer de mi vida y lo que siento por vos, va a ser parte mía hasta el último día de mi existencia
- Vivamos juntos, amor
- Mañana, después del trabajo, salimos a mirar casas. Yo llamo a una inmobiliaria y pido que nos asesoren, ¿si?
- Va a estar saladito comprar una casa, mejor alquilamos
- Plata hay, por eso no te preocupes, tengo los ahorros de toda mi vida y una herencia que me dejó mi abuelo.
- ¿Sos millonario?
- Millonario, no, pero estamos holgaditos, no te preocupes
- ¡Qué pena!
- ¿Estás conmigo porque creés que tengo guita, Verónica? - Se ríe involuntariamente
- No, pero hubiera sido un buen bonus…
- ¿Por qué estás conmigo?
- Por este… - Le agarro el pene y se lo acaricio
- No le querés hablar un ratito
- Me encanta tu idea - Bajo lentamente y le hablo - ¿Quiere ir a la cama, el señor? - Vuelvo a subir - Ya le hablé, hay que ver qué responde ahora…

La respuesta es inmediata y no quiero alardear de la sexualidad de mi casi conyugue, pero tiene una potencia y una resistencia que no se puede comparar con nadie. Me tiró a la cama, me abrió las piernas y su lengua llegó hasta el lugar más hondo que pudo. No cesaban los besos y comenzaron las caricias. Me tocaba el traste, los pechos, todo. Me despero por hacerle lo mismo y le digo que se acomode para que yo pueda hacerle el oral. El 69 es idílico y los dos acabamos. Después de acuesta para mi lado y me abraza cucharita. Me lame el lóbulo de la oreja y me habla casi susurrando

- ¿Te puedo contar una fantasía?
- Obvio
- ¿Me las vas a cumplir?
- Si es físicamente posible, si
- Es posible y fácil
- Soy toda oídos

martes, 12 de febrero de 2013

011 - “Preguntas”

El médico dice que estoy bien y me manda a hacer un electroencefalograma para ver si encuentra la causa de mi desmayo. Me comprometo a hacerlo y se que mi novio no me la va a dejar pasar. Esa noche se queda él en casa, pero mi vieja y mi hermano, también. Darío duerme en el sillón, mamá en su cama y Sebas conmigo. Ahora tenemos una cama de dos plazas y media, así que dormimos como reyes.

Al otro día, de nuevo, mi flaco tiene que irse por otro lado antes de llegar a la empresa. Por lo mismo, voy caminando y llego a la esquina de Darragueira. Me detengo un momento y es muy curioso cómo funciona la mente humana, porque ese gordo de mierda, me rompía soberanamente las pelotas, pero ya no lo va a hacer nunca más y eso me da hasta cierta nostalgia, porque me quedo parada, esperando escuchar la forrada del día.

Intento recordar algo, lo más inútil aunque sea, pero nada, che, no me viene ni un mísero recuerdo. Un policía sale de la casa del gordo y me mira

- Señorita, ¿le pasa algo?
- ¿Eh?
- Que si le pasa algo
- No, oficial, nada.
- ¿Conocía al occiso?
- Hace unos meses lo veía todos los días y ayer lo vi, después de mucho tiempo.
- ¿Cómo es eso?
- Trabajo a un par de cuadras de acá y antes pasaba a diario. Él decía alguna guarangada, yo lo mandaba a cagar y seguía mi camino. Después me puse de novia y mi flaco me lleva a trabajar en el auto, así que pasamos por la otra esquina, la que está habilitada. Ayer tuve que venir a pie de nuevo y fue como si me estuviera esperando, porque apenas pasé, salió, me dijo una de las suyas, lo mandé a la mierda y me fui.
- ¿A qué hora fue eso? - Pregunta con evidente interés…
- Alrededor de las ocho
- ¿Vio algo o alguien fuera de lo normal?
- La verdad que no sabría decirle, porque fueron muchos meses de no pasar por acá
- Claro, entiendo, pero, ¿nada le llamó la atención?

Pienso unos momentos y por supuesto que nada me viene a la mente.

- No, oficial, lo lamento.
- ¿A dónde fue después de acá? ¿A su trabajo?

La mentira que le dije a Sebastián, me llega súbitamente a la cabeza y no se por qué, pero algo dentro mío, me grita que siga con ese cuento.

- No, ayer pasé un poco más temprano, porque necesitaba ir al supermercado de la vuelta.
- ¿A qué hora pasaba  habitualmente?
- Como a las ocho y media. Igual, oficial, le juro que no vi nada. Aunque el hombre me este me caía como una patada en la garganta, no soy partidaria de la violencia y menos de la impunidad.

Mi mano vendada le llama la atención.

- ¿Qué le pasó?
- Justamente me caí en el supermercado y me corté con un vidrio que había en el piso. Un raspón, nada grave, pero para evitar que se infecte, el médico me dio la antitetánica y tengo que limpiar la herida a cada rato
- ¿Se cayó?
- ¿Me lo cree? Se me trabó el taco en un desnivel del piso del estacionamiento
- Esos pisos necesitan arreglo urgente, ¿no?
- La verdad que con lo que facturan esos locales, bien podrían emparchar…
- ¿Me podría dejar algún número dónde ubicarla?
- Si, pero, ¿para qué?
- Por si necesitamos hacerle más preguntas
- No hay problema

Busco una tarjeta de la empresa y se la doy. Él lee…

- “Verónica Arteaga, supervisora costumer, Prisma Enterprises”
- La misma que viste y calza, oficial
- Soy el inspector Borrelli, mucho gusto

Me estrecha la mano y sonríe amablemente.

- Muchas gracias por su colaboración, Verónica, que tenga usted un muy buen día
- Gracias e igualmente…

Retomo mi camino y llego a la empresa. Sigo pensando en el oficial y en su amabilidad, ojalá encuentre al asesino, porque no es nada lindo saber que hay gente capaz de quitar la vida de otra persona, así de cerca de uno.

Para completarla, en la puerta del trabajo, hay una batalla campal. Me acerco con prudencia y veo a Lautaro.

- ¿Qué pasa?
- Agustín y Pablo, Vero, se están matando
- ¡Sepárenlos!

Nadie me hace caso y no por desobedecer, sino porque meterse ahí, es cobrar. De todas maneras, no tengo ganas de ver semejante espectáculo y me meto a separar. Para mi infortunio, Pablo le tira una trompada a Agustín, pero él la esquiva y me la da a mí, justo en la boca. Me tumba y ahí, los dos, se quedan helados. Agus se apura para socorrerme.

- ¡Vero, Vero! ¿Estás bien?
- ¿Ehhhh?

Dos de los chicos de seguridad, agarran a Pablo  y se lo llevan. Agustín y Lautaro me ayudan a pararme y a llegar a enfermería. La médica me cura el labio, pero me queda hinchado, morado y partido.

Como una hora más tarde, llega Sebastián y cuando me ve así y se entera de lo que pasó, busca a Pablo, lo agarra y le da una sola piña en el estómago. Acto seguido, lo despide y me lleva a su casa. Entramos y por poco hasta me levanta en andas.

- Amor, no seas exagerado, es un golpe en la boca, no me quebré ni nada
- No me importa, Verónica…

Me deja en la cama y lo noto triste, mal

- ¿Qué te pasa, lindo? No estés así, no fue tu culpa
- No, fue tuya, ¿a quién se le ocurre meterse en medio de la pelea de esos dos orangutanes?
- Es que no quería empezar mi día de trabajo así, Sebas, no pensé que iba a terminar golpeada.
- Al menos con eso, ya aprendés y no te metés más
- Prometo no volver a intervenir en algo como eso
- Dejame verte…

Me toma la cara con extrema suavidad y me da besitos cortitos, suaves y cariñosos en el labio lastimado y yo me excito, ¡no se qué me da este tipo!

- Haceme el amor, precioso, pero ya…


lunes, 11 de febrero de 2013

010 - “Lagunas”

El tiempo pasa bastante a prisa y las cosas marchan de maravillas. Mamá prácticamente vive con Darío, ya que yo, casi vivo con Sebastián. Por fin se conocieron el mes pasado y se adoraron. Hasta mi hermano le tiene estima y eso que Darío es un rinoceronte para tratar con los tipos que se me acercan. Valentina decidió dejar los estudios y retomar el año próximo. ¿Por qué? Se enamoró de un pelmazo que se la pasa de viaje. Hace dos meses que anda recorriendo Europa y Marcos, con el corazón partido, se resignó y entendió que tiene que mirar hacia otros horizontes. Por suerte, él también hizo buenas migas con mi flaco y a través suyo, conoció una chica que lo tiene entusiasmado. En “Prisma”, toda va a pedir de boca, salvo por Pablo que está cada día más insoportable. Hace como tres semanas, se terminó yendo a las piñas con un supervisor del otro piso y si no los echaron a los dos, fue porque lo hicieron después de salir del trabajo. Las malas (por no decir CORRECTAS) lenguas, dicen que Batista quiso levantarse a la novia de Agustín y la mina lo sacó cagando. Cuando Agustín se enteró, lo buscó afuera de la empresa y lo re cagó a trompadas. ¡Qué bárbaro! Hace seis meses atrás, no lo hubiera creído, pero cuando la venda se cae de los ojos, no se puede andar cerrándolos para no ver y la realidad, nos da bien de frente y en la cara. Por suerte para mí, me importa un soberano kiwi lo que haga o no haga Pablo, mi vida gira en torno a mi vieja, a mi hermano, a mis amigos y a mi novio: lo demás, ¡ME VALE TRES SORETES!

Hablando de novios, Sebastián y yo, increíblemente, llevamos medio año juntos y si, hemos tenido nuestras agarradas, pero siempre se arregla y si no llegamos a la solución a través de las palabras, lo hacemos a través del sexo, pero que se arregla, SE ARREGLA
No hace mucho que conocí al papá y es un hombre muy interesante. Profesor de historia en la UBA (Universidad de Buenos Aires) desde hace casi dos décadas. Dicta una cátedra que es de las más populares entre los estudiantes. De hecho, yo estudié en otra universidad y una carrera que nada tiene que ver con él y llegué a escuchar sobre sus clases. Todos quieren cursar con Ernesto Mendoza y ahora que lo conocí, pude darme cuenta que su fama estaba más que bien ganada.

Lo único que sigue siendo una piedra en mi zapato, es el gordo de la esquina de Darragueira.
Luis Pérez tiene 42 años, pero está tan hecho mierda que parece de 60. Debe pesar, por lo menos, 120 kilos y además de ser desagradable a simple vista, lo es a simple todo. Porque hay gente no agraciada, que no pierde su encanto. Al contrario, hace de sus “particularidades”, algo llamativo y positivo, pero el gordo este, sencillamente, es un pajero y un pelotudo.

Voy caminando al trabajo después de mucho tiempo, ya que Seba salió antes por una reunión de trabajo y no fuimos juntos en el auto. Cruzo la calle y, como si me estuviera esperando, apenas paso por la vereda, sale a mi encuentro, diciendo alguna de todas las groserías y burradas que tiene en su basto arsenal de forradas. Lo miro y lo mando al carajo con la mirada…

Abro los ojos y estoy en casa, acostada. Sebastián se acerca despacio, como si tuviera miedo de quebrarme por acariciarme. ¿Qué pasó? Yo estaba en la esquina de Darragueira, a punto de putear al gordo asqueroso.

- ¿Cómo te sentís, flaca? - Pregunta, angustiado y preocupado
- Bien, amor, ¿qué pasó?
- ¿No te acordás?
- No
- Nunca llegaste a la empresa y me preocupé, así que salí a dar vueltas por donde caminás cuando vas a pie y alrededores. Te encontré desmayada en el estacionamiento del súper. ¿Qué hacías ahí?

La verdad que no tengo ni la más mínima idea. ¿En qué momento fui al súper? ¿Para qué?

- Iba a comprar cosas de higiene femenina, precioso, a esa hora está vacío el local y yo salí con tiempo de sobra para poder desviarme…

No se por qué le mentí, nunca lo había hecho, pero algo dentro mío, no se qué, me gritaba que le dijera cualquier cosa, excepto que no tengo ni la más puta idea de para qué carajo fui al súper.

Lo último que recuerdo es que el gordo me miró y me tocó una teta, después de eso, todo es negro y no le digo eso a Sebas porque lo busca y lo mata. Ya bastante caliente está con el pelotudo ese por las cosas que me grita. No hace falta echarle más leña al fuego.

- ¿Qué hora es? - Indago, completamente perdida
- Casi la una de la tarde. Vamos al médico, Vero. No te llevé antes porque como te encontré en el súper, no sabía qué te había pasado y no quise hacer algo que pudieras tomar a mal. Se que odiás los hospitales, pero te tienen que revisar.

¿Casi la una? ¿Dónde estuve desde las ocho y media? ¿Cómo llegué al súper? Muevo la mano y me duele, me miro y está vendada

- Tenés un corte bastante feo, amor, debés haberte cortado con algún vidrio que había en el piso
- ¿A qué hora me encontraste?
- Como a las diez, un poco más tarde, quizás.
- Mejor llamá al médico y que venga.
- Si, preciosa, como quieras.

Sebastián me da un besote y va a llamar. Yo me quedo pensando en qué carajo me pasa, ¿por qué no me acuerdo de nada?

Prendo la tele y  hago zapping un rato, hasta que una noticia me llama la atención. Encontraron a un tipo muerto cerca de la esquina de Darragueira por la que pasé esta mañana y que, justamente, es el último lugar donde recuerdo haber estado, hasta ahora, que me desperté en mi cama.

Los ojos se me abren como dos soles cuando veo de quién se trata.

- ¡¡Sebastián!!
- ¿¿Qué pasa, flaquita?? - Pregunta, preocupado
- Mirá a quién mataron

Luis Pérez había sido asesinado de un puntazo en el vientre. Según los peritos, era una especie de cañito angosto y filoso. Los expertos también dicen que el gordo se murió entre las 9 y las 10 de la mañana y que no hay testigos, ya que esa parte de Darragueira está cortada y los autos pasan por la esquina opuesta. Nadie vio nada.

- No se habla mal de los muertos, pero es muy probable que se haya querido hacer el loco con alguna mujer y le dieran lo que merecía - Digo, resuelta

Sebastián asiente…

- ¿Vos no viste nada, Vero?
- Si, como de costumbre, me dijo uno de sus piropos y para no variar, lo mandé a la mierda y seguí caminando, Seba.
- ¡Ni hablar! - Resopla - Voy a llamar de una vez, amor…

Me da otro beso y vuelve a salir y yo me pregunto, ¿habrá sido eso? ¿Será que vi algo de lo que pasó y mi cabeza lo anula por miedo?