Kiara llegó al
mundo pesando dos kilos y medio y como fue prematura por seis semanas, estuvo
en la incubadora durante diez días. En ese tiempo, Bautista venía y se quedaba
conmigo en la clínica, mirando a su hermanita por el vidrio y contándome todas
las cosas que harían juntos cuando la nena saliera de ahí. Para tratar que no
tuviera muchos celos, le preguntábamos todo lo que él pensaba, de manera que
cualquier tema, con respecto a su hermana, pasara por él y sintiera que era
importante. Tuvo algún que otro momento de celos, pero entre todos, le hacemos
sentir lo mucho que lo amamos y le contamos que esa beba, ya lo tiene como a su
ídolo y eso lo pone muy orgulloso.
Pasan varias
semanas y ya estamos bien acomodados en casa. Kiara duerme mucho y ya tiene el
peso que corresponde. Bautista nos insistió y consiguió que pusiéramos la cuna
de la nena en su cuarto, porque, según dice, él es el único que puede cuidarla
del cuco y el padre, baboso, no deja de tenerlos a los dos encima y de mimarlos
a más no poder.
Desde lo de
Pablo que Borrelli está más que unido a nosotros. Mi hijo le dice “abuelo poli”
y él se muere de risa, pero le encanta y no termino de estar segura, pero creo
que tiene onda con mamá. Ojala, harían una gran pareja.
Mi vida es muy
tranquila, normal, no hay aventuras locas, sólo las que me da la familia y
bueno, son más que suficientes. Valentina y Marcos, no pudieron hacerla. Se
separaron como a los dos años de estar de novios y cada uno hizo la suya.
Marcos se casó hace unos meses y vive en Córdoba. Viene lo más seguido que
puede, pero su trabajo está allá y el de su esposa también, por lo que se le
complica. De todos modos, nosotros vamos a visitarlos cada vez que tenemos
oportunidad. Valentina sigue soltera, pero por decisión propia. Anda con todos
y con ninguno a la vez, ya llegará el hombre que la derribe y la haga feliz.
Y Sebastián y
yo, tenemos nuestras épocas, pero vamos bien. Nos seguimos amando, seguimos
siendo medio novios y el sexo es mejor cada vez. Nunca le dije lo del gordo
Pérez, ni lo de Pablo y no se si llegue a contárselo. Por ahora, puedo vivir
con el secreto y si llegara a perderlo, me moriría.
Cuando Kiara
cumplió los cuarenta días de nacida, Sebastián y yo, nos fuimos solos. Dejamos
a los nenes con mamá, Darío y su mujer. Mi marido y yo, nos tomamos la libertad
de darnos una noche de pareja. La cuarentena terminada y las ganas que nos
tenemos, pues, hacen el combo.
Alquilamos una cabaña
en la costanera, como cuando terminó la cuarentena por Bautista y allí, el amor
hace lo que quiere.
Llegamos y nos
comemos a besos, nos tocamos, nos buscamos y de a poco, saboreando el momento
previo y provocando que la temperatura, vaya ganando terreno.
Sebas se detiene
y me aleja un poco. Me mira y sonríe. Pone sus manos en mi camisita y de un
tirón, la abre, rompiendo los ojales y revoleando los botones por todos lados.
Después, baja sus manos hasta mi pollera y hace lo mismo, dejándome en ropa
interior. Me sigue mirando y me agarra un pecho y como estoy amamantando, está
grande y él lo goza. Me aprieta el pezón un poco y se acerca, para chuparlo. Lo
mordisquea, lo lame y luego pasa al otro. Yo, apenas me puedo mantener en pie.
Se suelta de una mano y se toca su miembro. Baja la cremallera y lo saca para
afuera. Está parado, duro y se lo agarro. Empiezo a inclinarme y me agacho
hasta quedar a la altura del coso y cuando llego, lo meto en mi boca,
succionándolo, lamiéndolo y mi marido, me toma del pelo y lo tira un poco,
demostrándome lo mucho que goza la felación
- Haceme acabar,
Vero, me duele
No digo nada,
pero lo hago y siento su savia en mi boca, tibia, salada, exquisita.
Me lleva a la
cama y el sexo pasa por tres etapas: cunnilingus, masturbación asistida y
penetración
Con sus labios
en mi entrepierna, trabaja y trabaja hasta llevarme a un orgasmo maravilloso.
Después, se acomoda a mi lado y nos acariciamos por todo el cuerpo, haciéndonos
el amor con las manos y por último, se pone arriba mío, me agarra de la cintura
y me lo mete hasta que me hace gritar de placer, pero se que quiere más y yo
también quiero más, así que le pido, con una voz que lo vuelve loco, que me
haga sexo anal.
Por supuesto que
no se hace rogar y me pone como perrito. Con sus manos, juega en mi clítoris y
su pene, entra como desaforado entre mis nalgas. Una vez y otra más hasta que
llegamos a un nuevo clímax. Este último, nos deja agotados, rendidos y
calmados, al menos, por un rato.
Al otro día,
volvemos a casa y mi hermano había hecho un asado. Estábamos Valentina, con su
novio en turno, Borrelli, mamá, mi cuñada, mi suegro, mis hijos, Sebastián y
yo.
Comimos
tranquilos, contando historias, hablando de la vida y pasamos un domingo
espectacular.
Pasan varios
meses y todo sigue sobre ruedas, sólo hay un problema: un tipo de la empresa me
está molestando. Es el de seguridad del estacionamiento. Cada vez que paso, me
mira y me habla jadeando. Yo no se si es estúpido, idiota o simplemente, todo
le chupa un huevo, pero la cosa es que me tiene ganas y no se preocupa en
disimularlo.
Una noche, tuve
que quedarme hasta muy tarde para poder terminar unas planificaciones y
mandarlas por mail. Hasta Lautaro se fue antes que yo. Dejé todo listo, mi
oficina ordenada y me preparé para irme, ya que era mi último día de trabajo,
porque empezaban mis vacaciones y nos vamos todo un mes a Boston, a la casa de
Catalina, la hermana de mi esposo.
Bajo tranquila,
pensando en lo que me falta organizar para el viaje que es el lunes. Me relajo,
tengo todo el fin de semana para terminar lo que falte. Pienso en Kiara, en Bau
y Sebastián y sonrío. Llego al estacionamiento y el tipo este se me pone
adelante
- ¡Qué lindo
culito te hace esa pollerita, perra! ¡Cómo te daría toda la noche sin parar!
Cuando
despierto, estoy en el hospital. Sebastián se me acerca y me agarra la mano.
- ¿Estás bien,
nena?
- ¿Qué pasó?
- Amor,
tranquila, no te vayas a asustar.
- ¿Asustarme por
qué?
- ¿No te acordás?
- Me estás
poniendo nerviosa, flaco, ¿qué pasa?
- Los atacaron,
Vero, a vos y al hombre que vigila
- ¿Quién nos
atacó?
- No se sabe,
están buscando, no se entiende lo que pasó
- Recuerdo que
bajé y cuando pasé por la garita, él tipo me habló. Nada más.
- Parece que fue
un ajuste de cuentas y que vos caíste en un mal momento y bueno, te pegaron en
la cabeza, para desmayarte
- ¿Ajuste de
cuentas? No entiendo nada
- Lo mataron,
amor. Lo molieron a golpes, literalmente, le rompieron la cabeza…
Miro a mi marido
y a Borrelli que acaba de entrar y aunque no me acuerdo, por la expresión del
inspector, comienzo a dudar, ¿habré sido yo?...
FIN.